24/08/04

Casi siempre me hablabas de usted. Yo jamás a tí. Ahora lo extraño. El usted. La formalidad cuando sólo es cariño, ternura que nunca entendí hasta que te fuiste. Extraño tu voz cuando me llamaba. Extraño tu pesimismo descarado, tu falta de ganas de hacer un esfuerzo por sentirte mejor, tu necesidad de compañía y de viajes en coche.  Lo único que no extraño son las falsas alarmas y la incertidumbre de algunas noches, cuando me despertaba sin saber si estabas respirando. 

Ese día que te fuiste lloré por los demás, no por ti. Tú ya me habías cansado. Deseaba lo mismo que tú inconscientemente deseabas diario, con la mejor intención y sin dolor. Por ti. Ya no eras el de antes.

Extraño todo. Es como si parte de la estabilidad de esta familia se hubiera ido contigo y no pudiera remplazarse con una vida nueva. Tu caja ancha, tus costillas como bemoles, tus estornudos gritados, tus chistes. Eras quien eras.

Ayer soñé contigo. No. Ayer te metiste en mi sueño. Porque sabías que desde hace días estoy pensando en ti, contando los días para el primer cumpleaños que no estás aquí, imaginándome cómo me voy a sentir ese día. Hoy. Para ver si algo me va a recordar que existimos al mismo tiempo, que coincidimos en la misma familia. Y que siempre, desde que nací, estuviste ahí. 

Hoy es tu cumpleaños. Me desperté con los ojos hinchados, sé que lloré por ti en mi sueño, todavía tengo ganas de llorar y si pienso en tu caja ancha, más. Pero si me acuerdo de tus cejas pobladas y de cómo te estorbaban, o de cómo te enojabas cuando torcíamos las cuerdas de los columpios, se interrumpe la seriedad y sonrío. 

En el sueño todos aceptaban tu regreso, lo celebraban, era lógico, era tu cumpleaños. Venías desde Summerlands a vernos porque sabías que estábamos pensando en ti, extrañándote. 

Estaba en un cuarto que no era mío, en una casa llena de gente conocida. Oía tu voz. Me invadía una duda, mi curiosidad se llenaba de miedo a lo desconocido. Salía al balcón enorme de cantera gris, con un vestido blanco. Ahí abajo, a unos metros estabas hablando con mi mamá, tu pelo más brillante que nunca, plata, como siempre en orden. Mi mamá con cara de asombro, maravillada, con los brazos cruzados, los pies en segunda posición de ballet, la misma sonrisa abierta de cuando le hablan de milagros o coincidencias increíbles, escuchándote con atención y sin hablar. Me volteaban a ver. Mi mamá me leía el miedo. Me trataba de convencer, ‘¡Ven! ¡Esto es un milagro!’ No dejaba de sonreír. ‘¡Regresó a saludarnos porque es su cumpleaños!’

Dudaba. Me negaba. ¿Por qué primero ella? Ella te había tenido más tiempo y te quería igual. Ella era la que no creía en lo sobrenatural, la conformista católica, la racional, la falta de magia, de fé. Yo era la de la mente abierta, ¿por qué no primero habías venido conmigo?

‘No,’ decía yo, notando que la voz se me rompía en una sola sílaba. Después los ojos, delatadores, traicioneros, humanos, transparentes. Ganas desemesuradas de llorar y gritar de coraje. ‘Pero, Meli, ¡es un milagro! ¡Vino desde el más allá! Nos bendijo a todos viniendo, baja.’ ‘No.’

Prefería verte desde el balcón. Ya no necesitabas oxígeno, ni silla de ruedas, ni pausas para hablar. Sabía que estarías con nosotros todo un día o talvez sólo hasta el atardecer. ¿Por qué sabía que sólo un día o hasta el atardecer? Tu sonrisa congelada era sincera y con nadie cambiaba.  Sorprendentemente nadie se preguntaba por qué habías regresado, o cómo, o por qué si podías regresar no habías regresado antes, o por qué si podías estar aquí y sentirte bien, no podías quedarte más tiempo. O para siempre. Me sentía aislada con tantas preguntas.

¿El día de tu funeral tú qué hacías? ¿Viste que yo no lloré cuando me enteré? ¿Viste que lloré hasta que vi a alguien más llorar? ¿Vino alguien por ti? ¿Te acompañó? ¿O está en nuestros instintos el camino de regreso? ¿No te distraía el zumbido de tantos rosarios? ¿Tenías miedo? ¿Sentiste algo? ¿Oíste nuestras lágrimas?

Me encontraste sola. Yo seguía sintiendo una mezcla de miedo, rencor, asombro y nostalgia. Tu sonrisa había cambiado. Sabías que no quería que te fueras sin darme una explicación. Me empezaba a sentir mejor, en el fondo no quería que te fueras sin hablar.

Los dos sabiamos que te habías metido en mi sueño, y que si cualquiera de los lo mencionaba, yo me iba a despertar y se iba a acabar todo. Me traté de controlar y te pregunté, ‘¿Por qué hoy?’

Me contestaste, ‘Porque es mi cumpleaños y me tienes presente.’

Lo pensé. ‘¿Y por qué yo? ¿Por qué a mi?’

‘Porque tú estás en esto. Tú sí lo ves. Yo nunca lo creí hasta ahora.’

‘¿Por qué dices eso? Yo apenas empiezo, no sé nada.’ 

‘Pero estás escribiendo un libro de esto.’ 

‘¿De esto? No… de los sueños, sí, pero de esto…’

Conexiones invisibles, había dicho la palabra prohibida. Bajé la mirada y traté de regresar el tiempo. Me sonreíste. Te abracé, sentí tus costillas una vez más, a través de una camisa muy delgada de algodón, tu olor a verbena y eucalipto, a jabón verde con vetas blancas, del que sólo había en tu casa. ‘Te extraño,’ te dije llorando. No me diijste nada. En donde sea que estés te han enseñado que no es necesario decir en voz alta lo que sientes. Me sonreíste una última vez.

‘La quiero mucho, siga así.’ 

Asentí con la cabeza y cerré los ojos. Cuando los abrí ya te habías ido.


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