Entonces lloré

Entonces lloré-

Porque las discusiones son inútiles y el silencio que tengo permiso de guardar tiene fecha de caducidad. Es aceptable que lo use 24, talvez hasta 48 horas, sujeto a cambios los fines de semana por supuesto, pero más que silencio es un acto egoísta y que requiere de atención inmediata.

Entonces agarro las llaves del coche para subirme y ensordecer mis ideas con alguna canción, no con el volumen sino con la letra. Trato de meterme en la historia, relacionarla con un aspecto de mi vida que ahorita no este de la chingada, o dicho más lindo, no puedo, o pierde el sentido que le estoy tratando de dar.

Trato de no ver a mi alrededor, concentrarme en el camino, en las rayas blancas- que si están mal pintadas es el colmo, porque es lo único que tengo mi permiso de ver. Y no es la primera vez que se ríe el cielo de mi. Mucho menos la última.

Pienso en sus ojos, en las posibles razones por las que necesito vivir con eso, y me doy cuenta de que todas son económicas y estúpidas. No en ese orden. Impuestas. Consecuentes. Deducibles. Lógicas. Me obligo a dejar de pensar en más razones o me arriesgo a perder el hilo de la historia de la canción, y buen trabajo me costó meterme a medias.

Manejo mejor si no me concentro, ahora señalo cada uno de mis movimientos e inconscientemente reviso en el retrovisor que todas las personas atrás de mi, y sus vecinos inmediatos hayan entendido y aceptado lo que les quise indicar con mi direccional, por momentos angustiándome con la idea de que sin querer descuidé unos segundos a los de adelante, que como todas las personas a mi alrededor, son retrasados mentales.

Cuidando y descuidando, así vivo. Apagando llamas, de una en una, aventando cerillos prendidos, de uno en uno, sobre zonas no lloradas, momentos desertados, ideas secas, en fin, cosas que se prenden. Pienso en mi única salida.

O mejor dicho, pienso en la única salida que se me ocurre. Y es de todas, la más ilógica y la más absurda, la única que tiene un efecto analgésico en mí. La única que físicamente me ayuda a desahogarme con un berrinche de preescolar, exactamente porque es absurda. Las razones para hacerlo son verdaderamente dependientes de cosas fuera de mi control, y las disfruto un poco pasando por alto que estoy en esta situación precisamente por haber dejado que el control lo tuviera alguien más. Y tan mal está mi situación actual que lo considero, y entre más lo pienso, más me acerco a dar el primer paso.

Se que sería salir corriendo hacia la ventana de un décimo piso, pero estoy hasta la madre de la seguridad relativa que me da el sótano y sé que subir al elevador es el paso más difícil.  Y que sólo eso me daría las dosis de adrenalina y anestesia suficientes para seguir con el resto del plan. Guardo mis pensamientos y mapas. Considerarlo siquiera es como destapar un tesoro y volverlo a enterrar con miedo de que esa sensación efímera que me causa lo que veo desaparezca en cuanto empiece a pensar en formas de hacerlo mío. Prefiero no pensar.

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