Caos

Al principio era una pieza de música electrónica, estructurada en bucles de hip-hop. Un ritmo constante y predecible, que empezaba con beats marcando el compás, y en ondas que subían y bajaban, en sólo una vuelta. Cada compás duraba entre 20 y 28 días- y en retrospectiva me hubiera servido mucho aprovechar su predictibilidad para prevenir las bajas y disfrutar más las altas.

Si se viera de más lejos sería claro que en algún momento los bucles se acortaron, talvez en vez de 4/4 se hicieron 9/4, o en el mejor de los casos 8/4. Dejaron de depender de los ciclos de la luna. Se hicieron una pieza sin pies ni cabeza, un conjunto de percusiones arrítmicas, que no respetaba ni tiempos, ni espacios, ni tiempos de las personas, ni espacios de las personas. Dejó de pelearse una guerra individual, y empezó a controlarse la tranquilidad de todos. En algunos momentos entraban solos de instrumentos, algunas veces precisos y preciosos, algunas veces a pasos individualistas, y horribles.

En cada cosa se notaba el descuido, y cada cosa era una metáfora de alguna mucho más poética que la realidad, como el pelo largo- el único árbol en kilómetros de erosión, con las hojas dejadas en libertad, creciendo y cayendo al suelo para pudrirse y contaminar la tierra. La madera de vista prometedora, había sido evaluada y despreciada. Los ojos estaban rotos, como ventanas, cuarteados con las venitas; el rojo señal de alarma, era ignorado porque siempre había sido de ese color, aunque nunca entre tanto fuego.

Y creada como el universo, latió una necesidad implícita de combatir el silencio y la compañía, y se peleaba sin uñas, con dientes y ruido cualquier invasión, usando aparatos electrónicos o el agua corriendo. Los pájaros irritaban, más por su capacidad admirable de estar rodeados de luz que por su belleza en cantar desafinados. Las nubes se disfrutaban todos los días y en todo momento, era bienvenida cualquier cosa que bloqueara el paso de cualquiera de los dos candelabros del cielo.

Las sonrisas eran una práctica inconsciente. Y no hay nada como algo que simboliza amor que requiere años de práctica para pretenderse, nada. Parecían espontáneas, como deben ser, y cumplían con anestesiar y evitar preguntas. En el peor de los casos, se apoyaban en respuestas aprendidas y de resultados garantizados.

Las estampas que se habían pegado años atrás, tenían algunas orillas despegadas, sólo si se veían de cerca, y si se removían con cuidado, como curitas, dejaban en evidencia lo mucho que se había ensuciado el entorno, dejando expuestas partes claras que nunca serían del color del resto, y servirían sólo como huellas de que alguna vez se había sido más feliz y mejor.

Se buscaba limpiar lo de alrededor, y sólo se conseguía abrillantar lo que ya no estaba. Las personas se iban. Me llenaba una impotencia de no poder detener siquiera en un porcentaje chiquito la velocidad a la que se movía el mundo, conmigo o sin mi. El tiempo y las distancias agravaban cada error, enfatizaban cada egocentrismo y me robaban las ganas de aprovechar las infinitas oportunidades de hacer algo al respecto, en cada segundo que se me escapaba entre las grietas de los ojos y las cortadas de la piel.

De cerca, mis momentos eran percusiones a tiempo, de lejos, eran caos. 

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