Uñas

Uñas: chipping coat. Dientes: on my mind. Cara: recién lavada. Manos: enojadas porque namás no las dejo descansar. Mente: dominante, como siempre, delegando, ordenando, desordenando, oscureciendo palabras, aclarando imágenes, malpensando, malviajando, en general dando vueltas. Pijama: una t-shirt gris. Nada más. Fantasmas a mi alrededor, muchos. Y los ignoro. Tiran libros de los estantes, mis varitas de incienso de colores, un libro en particular: Catcher in the Rye, que me regaló Peter en 1997, en su oficina. Los fantasmas creen que con eso si me voy a enojar. Se equivocan. Lo recojo, le doy una hojeada, leo alguna palabra característica de mi espejo literario, Holden, como ‘sunovabitch’ o ‘dough’, sonrío, le doy un beso a la portada, lo guardo en su lugar y digo en voz alta: sigan tirando libros, me vale madres. Pero no me vale madres. Bueno, lo de los libros sí, lo que no me vale madres es esta bromita cruel de whoever, de mandarme el mensaje de que si necesito atención sólo están disponibles los fantasmas, y sólo cuando se aburren de arrastrar cadenas o lo que sea que hagan eternamente. Le digo ‘gracias’ insolente y sarcásticamente a whoever, sin voz, porque si es whoever, me puede oír de todas formas. Siento un poco de adrenalina de la que te advierte que estás retando al destino, y eso me da fuerza. Abro mi diario y escribo. Mientras no me avienten cosas a mí, pueden hacer lo que quieran, incluyendo leer lo que escribo desde arriba. Si respiraran, lo sentiría más, pero lo siento de todas formas. A ver si así entienden que no les tengo miedo y que no me importa que lean lo obvio. Fui a tomar un café con Jallet y Ane. Hablamos de todo y nada. Cada una deshizo al hombre (s) en turno. Hablamos de losers, stalkers, cristianos obsesivos (yo). Les dije que Jo se fue a visitar a Santiago a Los Cabos dos semanas. Y que me daba envidia, no por la playa. Por estar con Santiago. Dije algo como: Odio que se lleven tan bien, me arde horrible, y no sé por qué. Cada vez que pienso en ellos se me cruza una imagen brokeback mountainezca (que me oigan) y me siento impotente y me dan mil ganas de matar a alguno de los dos. Nunca a los dos, porque entonces los uno para siempre. Se rieron, pero muy en el fondo se preocuparon por mí. No sé si por seguir pensando en Santiago o por relacionar tranquilamente a mi hermano los personajes de brokeback mountain o porque hablo muy naturalmente de mi deseo de asesinar seres queridos. En particular, la que más me preocupa a mi es la de seguir pensando en Santiago. Mientras pensaban en de qué idea tratar de disuadirme, dije viendo la mesa: qué horror… nunca voy a superar a Santiago. Y luego me reí artificialmente para no llorar y tomé un poco de coca light, que me costó trabajo tragar. Jallet y Ane se voltearon a ver, como diciendo ‘viste que se rió artificialmente para no llorar?’, se levantaron las cejas como diciendo ‘siii gueeey… yo tambien lo vi’ y me sonrieron amablemente como diciendo ‘nos creímos tu risa, mel’, luego tomaron un traguito más de sus cafecitos (más como postrecitos) frappé. 

 

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