Utopía

Parte de mi sabía que llegaría el día, y que cuando llegara, ya no lo iba a necesitar, y que de haber sido un deseo, lo habría desperdiciado. Pero esa vocecita que me lo recordaba como mantra era tan constante y estaba tan cansada que había perdido el sentido, y se había convertido en una oración calladita que marcaba el ritmo de mis pasos y se perdía entre los latidos de mi corazón- para mi ocasional y positivo asombro.

Pero nunca me imaginé que ese día me iba a sorprender con una mascada púrpura en la cabeza (en una de tantas dramatizaciones), con el pelo seco y lleno de cloro, vestida con una falda nueva de kilómetros de algodón teñido en rojo. Nunca me lo imaginé porque nunca realmente lo creí. Mis voces muchas veces mienten- a veces para lastimarme y a veces para evitarlo.

Tampoco sabía que iba a llegar por medio de un cable rizado, menos que lo iba a dejar sonar tres veces y mucho menos que iba a contestar con la voz ambigua- esa que uso por si me veo obligada a retroceder en mis pasos y fingir que no soy yo, en lo que invento una máquina del tiempo.

Contesté, y como siempre que es él, lo reconocí desde que llegó a la primera vocal. Como siempre que soy yo, le pregunté quién era. Cuando no contestó, se lo dije yo. Se rió. Y entonces desapareció la duda, y como la habilidad de andar en bici, sentí eso tan familiar que siento cuando se ríe e inevitablemente me reí, porque para mí, su risa se contesta con risa por reflejo.

Lo que hacía años no pasaba, pasó. Estuvimos en el mismo nivel de energía, sin importar si era S, P, D o F, cada palabra que dijo la pensé yo antes, y al revés. Reservamos las pausas para las risas familiares y nunca por familiares ordinarias. Hacía tiempo que no veía el techo con tanto detenimiento, y que no jugaba a ondularme el fleco con un dedo sin querer.

Pasamos la tarde completa como dos personas que se quieren y se saludan de telaraña a telaraña sin tener que gritar, y que después de tanto tiempo se sorprenden de lo poco que tienen que contarse. Fue en los últimos minutos que nos dimos cuenta de que ninguno estaba dispuesto a dejar tantos años de tejer. 

Lo extraño. Y no es que venga cada determinado número de lunas a revivir cosas muertas; es que sólo las desempolva y las deja con cuidado en su lugar mientras sonríe. Y le reprocharía los años que deja pasar entre visitas, pero me detiene la duda de si lo que realmente hace es no dejar que se muera lo único que vive en mí. 

Y lo reafirmo cuando me manda música entre las olas sabiendo que me va a llegar, aunque lo que nos separe sea tierra. Me lleva de la mano en lo que dura un instante, y me dejo con la facilidad de una pluma, hacia la dimensión exacta que los dos llevamos años conservando intacta- donde está el único altar que visito de manera constante desde que tengo la libertad de usar el corazón, y no sólo la obligación de curarlo si se enferma.

En lo que dura una canción le devuelve a las ruinas el tiempo. Entre notas y palabras que no se fracturan en letras produce imágenes de matices idénticos en nuestras mentes, con las luces y los contrastes de la misma hora del día… en el mismo lugar inexistente.

Y nadie lo puede comprobar, pero mucho menos negar. Y siempre nos queda ese altar intangible para cruzar miradas y detener el tiempo antes de reírnos de todos los que talvez nunca experimenten algo así. 


Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo FUEGO

2 Respuestas a “Utopía

  1. Melisa tienes que oir a Adanowsky, creo que te va a encantar. http://www.myspace.com/adanowsky
    saludos
    Melissa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s