Como si la falta de tiempo fuera mi pretexto para no escribir: no he tenido tiempo. Entre las canciones que me rodean hoy están: My All, de la voz mulata de Mariah, que hasta cuando se le va premeditadamente, suena controlada y manejable, y Everytime We Say Goodbye, de Ella, tan ídolo mío, que cuando escribía poemas en la escuela y me daba miedo ser descubierta, los escribía con una letra rara y los firmaba Ella, para que pareciera que alguien más, alguien cursi, se había robado mi cuaderno temporalmente.

Y como si necesitara oír canciones pop o canciones de los 50, me recargo y cierro los ojos, porque tengo la teoría de que así absorbo mejor la música, distingo la forma y el color de cada nota cuando no veo nada más.
Los violines cantan su propia melodía, mientras la voz trata de encarrilarlos y se engaña cuando cree que ya lo logró. La mujer canta acostada en un piano, sobre un barco que flota. El entorno tiene la acústica de un pantano lleno de lirios, desolado y tranquilo, con sauces llorones y lunas asomándose entre la niebla.

But how strange the change from major to minor– es la frase literal que no sólo complace al oído, sino al intelecto, y la convierte en una canción adictiva y relajante, como una canción de cuna en pleno invierno.
La casa brilla de blanca; es lo único que brilla. Afuera el calor desinvita y las sirenas de las ambulancias advierten. El día grita lunes, son las 4 de la tarde y no he querido salir. No es que me tarde en arreglarme, es que todos mis músculos conspiran para que se me haga de noche. El aire me oxida, el agua me inunda, y sólo escucho puertas que se abren y se cierran llenas de responsabilidad, prioridades procuradas y personas idealistas.
Escribiría letreros de ideales perdidos, recompensas y demás, pero no quiero arriesgarme a que alguien más encuentre mis ideales y se los apropie. Si supiera cuáles son o cómo se ven, todo sería más fácil.

The First Girl On The Moon no es muy conocida. Esa época de mi vida también está de regreso, y no sé si sólo la parte auditiva. No tengo la menor duda: todo en la vida son ciclos y cuando uno llega a significar lo suficiente, su partida nunca es permanente y sus despedidas cada vez son más ridículas.
Es la canción que voy a usar (en cuanto terminen las armónicas) para agarrar las llaves y cerrar la puerta como si fuera una persona responsable e idealista, y no una metáfora: una planta que florece ocasionalmente dependiendo de la luz que la rodea.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “

  1. Elisa

    Hay tantas cosas que quisiera comentarte que me pierdo.
    En primer término, me encanta eso de que firmaras “Ella” tus poemas. Sobra explicar que es maravillosa la ambigüedad entre el nombre del alter-ego jazzístico y el pronombre que subraya el desdoblamiento 🙂
    Me fascina esa manera tuya de transmitir tu pasión por la música. Puedo jurar que empezó a sonar en mi cuarto.
    Y lo de los ciclos es ciertísimo. Qué manera más nítida de expresarlo y más hermosa. Muchas gracias por esta entrada, Mel. Un beso.

  2. glasswing

    Nunca sobran tus explicaciones, me fascinan. Gracias a ti… y tengo apartadísima la fecha de tu visita! 🙂

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