Fragilidad (I)

Se detiene frente a mi como si quisiera decirme algo. Me ve a los ojos y desvía la mirada arrepentido. Me vuelve a ver a los ojos. Le grito con los míos que me puede decir lo que sea, pero no consigo pretender que no lo voy a juzgar. Lo duda, sonríe, percibe por un momento que no está parado en hielo y estoy a dos palabras de sacarlo de ese error. Se recarga con fé, se le estremece la piel de los antebrazos, se retuerce en las ganas de regresar el tiempo. Se rinde cuando por milésima vez no lo consigue. Me mira fijamente y con seguridad reencontrada me dice, perdón. Ninguno de los dos entiende por qué.

Cambiamos de tema. Me vuelve loca. Me mantiene loca. Me dice de mil formas excepto la  literal que lo completo y que si me tiene no necesita nada. Se lo digo de regreso y lo duda, mientras a mi se me deshilacha la certidumbre con cada segundo que le roba sonido a mis palabras.

Me jura sin decirlo que va a tratar de que yo sienta lo mismo, más por instinto que por convicción, le creo y lo acepto. Volvemos a la fragilidad  de una relación estable.

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